El rayo que no cesa, de Miguel Hernández

Por Libanex Fernández
El rayo que no cesa es una producción literaria del poeta español Miguel Hernández (1910–1942), publicada en 1936, poco antes del estallido de la Guerra Civil Española. Se trata de un poemario que expresa el dolor y la angustia de un amor no correspondido mediante la metáfora insistente del rayo, símbolo de una herida permanente.
Miguel Hernández compone esta obra durante una profunda crisis personal, entre 1934 y 1935, mientras residía en Madrid. A esta etapa de inestabilidad emocional se suma la frustración del autor ante la falta de reconocimiento literario que había idealizado, lo que intensifica el tono de desasosiego que atraviesa el libro.

El poemario reúne 28 sonetos en los que se condensa un amor intenso y atormentado, indisolublemente ligado a un dolor incesante. Desde el propio título, El rayo que no cesa, el autor hace uso de la metáfora al emplear la imagen del “rayo” como representación de la flecha del amor o de la pasión que hiere sin descanso: una fuerza destructiva y, al mismo tiempo, vivificadora, que se convierte en el destino trágico del poeta.
En los versos del soneto 19, el autor expresa:
“Lo que he sufrido y nada todo es nada
para lo que me queda todavía
que sufrir el rigor de esta agonía
de andar de este cuchillo a aquella espada.”
Estos versos transmiten la desesperanza absoluta del poeta ante un sufrimiento que parece no tener fin. El dolor pasado se percibe como insignificante frente a la agonía futura, lo que magnifica su padecimiento presente. La metáfora de “andar de este cuchillo a aquella espada” presenta la vida amorosa como un tránsito constante entre instrumentos de tortura, simbolizando la fatalidad de su destino. Esta visión del sufrimiento continuo contrasta con la perspectiva mística de autores como Santa Teresa de Jesús, para quien el dolor terrenal es un camino hacia el gozo divino y no un callejón sin salida. En Hernández, en cambio, el amor se configura como una condena activa y persistente.
En el soneto 14, el poeta recurre nuevamente a una metáfora de gran intensidad:
“Silencio de metal triste y sonoro,
espadas congregando con amores
en el final de huesos destructores
de la región volcánica del toro.”
Aquí, las imágenes complejas describen la esencia violenta del amor y su vínculo con la muerte. El “silencio de metal” evoca una quietud tensa y peligrosa, propia de un campo de batalla emocional. Las “espadas congregando con amores” fusionan la guerra y la pasión, sugiriendo que la unión amorosa es un conflicto que desemboca en la destrucción. La referencia al “toro” conecta la pasión con una fuerza natural, instintiva y trágica, muy distante del amor idealizado y ornamental de la poesía modernista, como la de Rubén Darío.
Uno de los sonetos más impactantes del libro es el soneto 20, donde el autor declara:
“Besarte fue besar un avispero
que me clava al tormento y me desclava
y cava un hoyo fúnebre y lo cava
dentro del corazón donde me muero.”
El poeta transforma el acto de besar —tradicionalmente asociado al gozo— en un “avispero” que provoca dolor constante. El beso no otorga paz, sino que inaugura un ciclo interminable de tormento que “clava y desclava”, sin permitir reposo alguno. La imagen del “hoyo fúnebre” cavado dentro del corazón representa de manera brutal la destrucción de la vida interior del poeta. Esta concepción del amor se distancia del ideal de fusión espiritual presente en poetas como Gustavo Adolfo Bécquer, donde el beso simboliza plenitud y comunión del alma.
La fatalidad alcanza su expresión final en el soneto 28, cuando Hernández escribe:
“Un amor hacia todo me atormenta
como a ti, y hacia todo se derrama
mi corazón vestido de difunto.”
En el cierre del poemario, el poeta universaliza su sufrimiento: su amor ya no se dirige a un solo objeto, sino que se expande “hacia todo”, contaminando cada aspecto de su existencia. La imagen del “corazón vestido de difunto” sugiere una muerte interior provocada por la intensidad de una pasión omnipresente. Esta concepción trágica del amor se opone a la poesía de autores como Jorge Guillén, para quien el amor es celebración del ser, luz y plenitud del presente.
En síntesis, El rayo que no cesa es una joya de la poesía española contemporánea y una lectura imprescindible para quienes se acercan a la lírica amorosa desde una perspectiva profunda y desgarradora. La maestría de Miguel Hernández al emplear la forma clásica del soneto, al tiempo que fusiona amor y sufrimiento, resulta admirable. Es una obra que conmueve porque presenta el amor no como ideal romántico, sino como una fuerza natural que hiere, transforma y deja huella. Se recomienda especialmente a quienes buscan una poesía que explore los sentimientos extremos y la fatalidad humana con crudeza y honestidad.
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La autora del artículo es estudiante de la Licenciatura en Letras Puras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).



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