Leer y escribir en la era de la dispersión

VALENTIN-AMARO Leer y escribir en la era de la dispersión

Por Valentín Amaro

La humanidad atraviesa tiempos inciertos. Aquello que creíamos insustituible parece hoy desdibujarse ante la velocidad vertiginosa de los cambios tecnológicos y culturales. Todo ocurre con tal rapidez que apenas logramos asimilar las bondades o los defectos de lo nuevo. Son días de desconcierto y dispersión, tiempos que exigen una constante autoevaluación para no sucumbir al vacío que se promueve en una era donde todo parece diluirse.

Entre los hábitos que han ido perdiendo terreno se encuentra la lectura. Aunque reconocemos sus beneficios, una oleada de distracciones ha ganado espacio en nuestra cotidianidad. La lectura, entendida como ejercicio de formación y transformación, compite hoy con estímulos fragmentarios que privilegian la inmediatez sobre la profundidad.

Como afirma Gabilondo (2012), leer no es un sustituto de la vida, sino una forma de vivirla. En la lectura no huimos del mundo: lo reabrimos. Leer implica curiosidad, deseo de transformación y disposición al encuentro. Con un libro en las manos no dejamos de estar solos; más bien, nos encontramos. La lectura nos permite dialogar con nosotros mismos y con los otros a través del tiempo.

Leer es, en efecto, dialogar en el tiempo. Es penetrar en el pensamiento de quien ha escrito para un lector futuro. Al abrir un libro aceptamos una convocatoria: nos convertimos en interlocutores activos. En ese gesto hay compañía, diálogo y conciencia crítica. No es casual que a Francis Bacon se le atribuya la conocida sentencia: “La lectura hace al hombre completo; la conversación lo hace ágil; el escribir lo hace preciso”. En esa triada se condensa una pedagogía del espíritu.

Desde la Antigüedad, la lectura ha tenido un lugar significativo. En la Roma clásica existían lectores profesionales y copistas, lo que revela que leer no era un acto trivial, sino una práctica especializada y valorada socialmente. La lectura ha sido siempre un ejercicio cultural que configura comunidades y saberes.

Asimismo, quien aspire a expresarse con claridad necesita leer. La lectura amplía el léxico, afina el pensamiento y fortalece la competencia comunicativa. Sin embargo, en tiempos de prisa, se impone la idea de que basta con “hacerse entender”, como si la precisión y la belleza del lenguaje fueran prescindibles. Nada más lejos de la realidad: el empobrecimiento del lenguaje empobrece también el pensamiento.

La escena contemporánea resulta reveladora. En el metro, en las salas de espera o en cualquier espacio público, predominan las miradas inclinadas hacia el teléfono móvil. Santos (2022) describe con ironía esta “sociedad de los cuellos caídos”, donde la mayoría de los usuarios permanece absorta en redes sociales. Años atrás, esos mismos espacios estaban ocupados por lectores. El libro físico o digital cedió terreno frente al flujo incesante de contenidos efímeros.

No se trata de demonizar la tecnología, sino de advertir una transformación en los modos de atención. La lectura profunda exige concentración sostenida, silencio interior y tiempo; condiciones cada vez más escasas.

Lo mismo ocurre con la escritura. Leer y escribir son prácticas inseparables. No se escribe con rigor si no se lee con disciplina. La crisis de la lectura impacta directamente en la calidad de la escritura, y el panorama en los distintos niveles educativos resulta preocupante. Esta situación debería convocar políticas públicas y estrategias pedagógicas sostenidas.

Como señala Cassany (2004), leer y escribir no son solo procesos cognitivos o lingüísticos; son prácticas culturales insertas en formas de vida concretas. Cambian los soportes, cambian los contextos y cambian las maneras de interactuar con los textos. En cada época leemos y escribimos de modo distinto, pero la necesidad de comprender y producir sentido permanece.

Por su parte, Dubois (1994) explica que comprender un texto implica construir significado a partir de la interacción entre las marcas gráficas y los conocimientos previos del lector. La lectura no es una operación mecánica: es un proceso interpretativo en el que intervienen experiencia, memoria y cultura. Si el lector no logra vincular lo leído con su propio horizonte de sentido, la comprensión se debilita.

En esa misma línea, Petit (2008) sostiene que leer es apropiarse de los libros, reencontrar voces que acompañan y sostienen, especialmente en tiempos de crisis. La lectura puede convertirse en refugio, pero también en resistencia.

Leer, como recuerda nuevamente Gabilondo, es elegir. Elegimos qué mirar, qué interpretar, qué sentido otorgar a lo que nos rodea. Hoy hablamos de lectura en un sentido amplio: leemos textos, imágenes, edificios, gestos y acontecimientos. Sin embargo, esta expansión semántica no debería diluir la exigencia que implica la lectura atenta de textos complejos.

Ante este panorama, surge la pregunta inevitable: ¿cómo recuperar el hábito de la lectura en adultos, jóvenes y niños? Las respuestas no son simples. Requieren decisiones institucionales, estrategias pedagógicas coherentes y, sobre todo, un compromiso personal. Fomentar espacios de lectura compartida, integrar prácticas de escritura reflexiva en las aulas y promover políticas culturales sostenidas son pasos necesarios.

En tiempos de crisis, la lectura y la escritura no son lujos intelectuales: son actos de rebeldía. Leer nos permite comprender el mundo; escribir, intervenir en él. En esa doble práctica se juega, en buena medida, la posibilidad de una ciudadanía crítica y de una cultura verdaderamente democrática.

Referencias:

Cassany, D. (2004). Tras las líneas: Sobre la lectura contemporánea. Anagrama.

Dubois, M. E. (1994). El proceso de lectura: De la teoría a la práctica. Aique.

Gabilondo, A. (2012). Darse a la lectura. RBA Libros.

Petit, M. (2008). El arte de la lectura en tiempos de crisis. Océano Travesía.

Santos, J. (2022). La sociedad de los cuellos caídos. Recuperado de: https://acento.com.do/opinion/elogio-de-la-lectura-9061189.html

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Valentín Amaro (Gaspar Hernández, Espaillat, (1969). Es educador,  escritor y gestor cultural dominicano. Miembro fundador del Taller Literario Narradores de Santo Domingo. Ha sido reconocido con el Primer Premio del XXVIII Concurso de Cuentos de Radio Santa María (2020) por “Melba” y el Segundo Premio en 2012 por “Mariposas negras”. También ha obtenido premios literarios en los concursos de UNIBE y FUNGLODE. Tiene publicado los libros: "En el temblor de las visiones" (2005), "Mariposas negras" (2014), "El ave rasga su memoria" (2015), entre otros. Posee estudios en Lengua y Literatura, así como maestrías en Educación Superior (UCSD) y Literatura (UASD). Es coordinador en la Dirección General de Cultura del Ministerio de Educación y docente en el área de Lengua y Literatura en la UASD, PUCMM, UNIBE e ISFODOSU.

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