La memoria del mito: escritura creativa a partir de la tradición taína

Por Valentín Amaro y sus alumnos

Introducción

Una de las unidades abordadas en la asignatura Literatura y sociedad, correspondiente al pensúm de la carrera de Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo fue La impronta de la herencia precolombina en la literatura del siglo XX, espacio de reflexión desde el cual nos aproximamos a los mitos, relatos fundacionales y cosmovisiones de los pueblos originarios de Hispanoamérica, especialmente a partir de textos como la Relación acerca de las antigüedades de los indios de fray Ramón Pané. Este acercamiento permitió comprender que dichos relatos no constituyen simples vestigios del pasado, sino estructuras simbólicas vivas que continúan dialogando con la literatura y el pensamiento contemporáneos.

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Tal como señala Arrom (2003), los mitos indígenas antillanos conforman un sistema coherente de pensamiento que expresa una visión particular del mundo, del origen de la vida, de la muerte y de la relación entre los seres humanos y la naturaleza; por ello, su valor no es meramente arqueológico o folclórico, sino profundamente literario y cultural. Desde esta perspectiva, la lectura de Pané trasciende su condición de documento colonial y se revela como una fuente indispensable para comprender los imaginarios que han nutrido la narrativa caribeña y latinoamericana posterior.

Autores como Eduardo Galeano, en Memorias del fuego, o Augusto Monterroso, entre otros, han demostrado que la reescritura de los mitos precolombinos no implica una repetición literal, sino un ejercicio de resignificación crítica. En consonancia con esta idea, Cornejo (1994), plantea que la literatura latinoamericana se construye desde la heterogeneidad cultural y la coexistencia conflictiva de tradiciones diversas, lo cual permite entender estas recreaciones como un diálogo tenso entre lo indígena, lo colonial y lo moderno.

A partir de estas lecturas y discusiones, los estudiantes, junto a quien suscribe, asumimos el reto de recrear libremente algunos mitos taínos, explorando nuevas posibilidades narrativas, poéticas y simbólicas. El ejercicio propuso no solo reinterpretar los relatos originarios, sino también dialogar con ellos desde sensibilidades contemporáneas, incorporando preocupaciones actuales como la identidad, la memoria, la muerte, la violencia, el deseo y la relación del ser humano con la naturaleza.

Este trabajo de escritura creativa posee un doble valor: por un lado, fortalece la comprensión crítica de los textos estudiados, pues exige una lectura atenta, interpretativa y contextualizada de las fuentes precolombinas; por otro, estimula la imaginación creadora y la apropiación consciente del legado indígena, entendido no como un discurso clausurado, sino como una materia viva de la palabra. Así, estas historias posibles se inscriben en una tradición de reescritura que reconoce en el mito una forma abierta de pensar la historia, la cultura y la condición humana desde el presente.

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Finalmente, quiero agradecer a los estudiantes que tan generosamente asumieron este ejercicio de creación y reflexión, por su compromiso con la lectura atenta, la imaginación crítica y el respeto profundo hacia la tradición mítica taína. Sus textos confirman que la literatura no es solo un espacio de estudio, sino también de diálogo vivo con la memoria, el territorio y las preguntas esenciales de nuestro presente. En cada una de estas recreaciones late la conciencia de que el mito no pertenece al pasado, sino que sigue siendo una forma activa de pensar la historia, la identidad y la condición humana desde la palabra. Esperamos que estos textos, sean de vuestro agrado.

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La tormenta que avisa, de Miguel Rijo

El sol apenas acariciaba el bohío de Marocael cuando el joven de 17 años estaba de rodillas, con los ojos cerrados, alzando las manos al aire. Sus oraciones matutinas se elevaban:
—Oh Yocahú, bendícenos con tierra fértil. Atabey, danos tu bendición. Empápanos con tu presencia desde lo alto.

La paz se rompió con el eco de una discusión. Marocael salió de su bohío hacia el centro de la aldea, donde el cacique y tres naborías discutían debido a la baja calidad de la cosecha. El cacique sostenía en sus manos una yuca y una mazorca de maíz en mal estado.

—¡La cosecha está cada vez peor! ¿A qué se debe? Ustedes son los encargados de esto. ¡La muerte llegará más temprano por nosotros!
—¡Jefe, estamos llevando a cabo el procedimiento como se debe! No sabemos qué pasa. Yocahú nos ha abandonado. ¡Estamos malditos!

En medio de la discusión, Marocael alzó la mirada al cielo. Unas nubes de tormenta se agrupaban con una rapidez antinatural. El viento sopló fuerte, los árboles se sacudieron de manera violenta, un destello cruzó el cielo y un trueno hizo temblar el terreno. No era una lluvia normal.

Susurrando con temor, el joven behique pronunció un nombre temible:
—Guabancex…

Era una tormenta provocada por la diosa de los huracanes.

Sin pensarlo dos veces, Marocael corrió hacia su bohío para agarrar sus utensilios, su palo de lluvia, sus ropajes, y salió corriendo a la cima de la montaña para detener la furia de la deidad.

Ya en la cima de la montaña, se colocó su túnica de ritual, se puso tinta en sus párpados, tomó su palo de lluvia e inició la danza ritual, pero esto enfureció aún más a la diosa. Las gotas de lluvia golpearon a Marocael con ferocidad, como si fueran pequeñas dagas; el viento lo azotó, y un fuerte rayo cayó cerca de él, mandándolo lejos debido al impacto.

Marocael, como último recurso, recurrió a un ritual prohibido, aquel que invocaba la presencia de sus ancestros. Elevó un canto ancestral, se cortó la mano para derramar su sangre en la tierra, y sus ancestros lo rodearon. Alzó un alarido tremendo; la nariz y los ojos le sangraron, pero logró disipar la tormenta por completo.

Cayó al suelo de manera abrupta, abatido, destrozado, sabiendo que perdería la vida. En sus últimos momentos, una figura femenina se le acercó mientras la lluvia caía de manera suave y lenta: era Guabancex, la esbelta diosa, con cabellera de tornado, ojos brillantes como un rayo y labios cálidos y suaves cual viento de otoño. La diosa se agachó, le besó la frente, y Marocael tuvo una premonición sobre el futuro de la isla.

Vio tres naves que llegaban desde el mar lejano: esclavitud, crímenes contra la madre tierra, armas como de fuego y más construcciones de concreto que árboles. Las lágrimas de Marocael se mezclaron con la llovizna. Cerró sus ojos y descansó en paz.

FIN. 

Miguel Sebastián Rijo Peralta (nacido el 23 de diciembre del 2000 en Higüey, República Dominicana) tuvo su primer acercamiento a la escritura a los 14 años, cuando comenzó a redactar fanfictions. Actualmente, es estudiante de la licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Sus artículos literarios han sido publicados por los periódicos El Caribe y ACENTO.

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Amayaúna, de Yofinelly García Peralta 

¡Oh, Amayaúna, que estás vacía, oscura y penumbre. ¡De ti no sale gente, de ti salen enjambres! 

En el medio de todos estos se encontraba un niño, confundido y algo perdido. El niño no entendía el miedo que en el aire rondaba ni por qué su corazón papitaba con tanta ansía. 

Separándose del grupo, el joven arrancó su mano de su madre que lo sostenía, su sentido aventurero lo motivaba a  acercarse a la dichosa cueva.

 Mientras más cerca estaba su cabecita se inundaba de pensamientos extraños. Hoy tenemos un alma joven y brillante deseoso por hacernos compañía…, susurraba la dulce voz en su mente. …la fortaleza de su mente nos dará protección… ¡Nuestra será  tu vida, oh, joven Mácocael! Sin darle importancia a la voz angelical que jugaba con sus pensamientos, el niño continuó con su camino hasta que se vio frente a frente a esta imponente cueva… De repente, su cuerpo empezó a temblar, su mente se nublaba, sus manos y piernas se sentían entumecidas y sin más…

 Silencio. 

Una piedra en el camino ahora bloquea a los indios, un guardián que antes era un niño.

FIN.

Yofinelly García Peralta (14 de noviembre del 2000,  Salcedo, República Dominicana) miembro activo del Taller Literario Domingo Moreno Jimenes y el Taller Literario Casa Poe. Cuenta con numerosas participaciones en la Feria Internacional del Libro junto a ambos talleres. En el 2023 tuvo su primera participación como tallerista en el Festival Internacional de Narradores y en la edición del 2025 de dicho festival contó con una participación especial como escritora invitada. En la actualidad, es estudiante en la Licenciatura en Letras Puras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Sus artículos literarios han sido publicados en los periódicos El Caribe, Alasunto.com y en ACENTO.

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Necedad ritual, de Ariana Isabel Peguero.

Si el batey estaba tranquilo, no debiste estremecerlo. Podías tirar flechas de tu paira al río y cazar algún pez; pero decidiste ir al cemí de tu padre, buscando quién sabe qué. Bien te había advertido Bohechío que si caía llanto del cielo no podías cortar cañas, pues su muerte fue entre las aguas y de ellas debes correr. Ahora, las piedras te persiguen, el viento tira las maderas sobre ti y las hojas te azotan con vehemencia. Enfureciste a Atabey. Si ya aspiraste el polvo, poco te queda por hacer, sube por el viejo tronco verde y cuando aparezca la buruquena mora, muerde sus tenazas sin dudar. Tal vez así, la diosa del mar tenga de ti piedad y calme la tempestad. Vuelve a la paz, Higüemota, y de Caonabo no despiertes de nuevo un huracán.

FIN

Ariana Isabel Peguero Núñez (Distrito Nacional, República Dominicana, 25 de noviembre del 2005). Letraherida con inclinaciones hacia los cuentos, versos y el teatro. Primer lugar en el Concurso Nacional de Guiones: Escuela, Escritura y Cine (CONGUIONES) del Ministerio de Educación en el año 2023, con Teitoca, adaptación teatral de su epopeya taína con el mismo nombre. Actualmente, es estudiante de la Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Sus artículos literarios han sido publicados en los periódicos ACENTO y Alasunto.com

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El llanto de la noche, de Ana María de la Rosa

Guajico joven extrovertido, sentía curiosidad por unas historias y leyendas que había escuchado en la aldea, acerca de cómo se aparecían los muertos. Según las historias estos aparecían en la noche y en lo profundo del bosque. 

Cuando era ya media tarde, Guajico decidió no esperar más y se adentró en lo profundo del bosque con una canasta de frutos para así  invocar los muertos. Guajico ya exhausto de tanto caminar se sentó a descansar bajo el tronco de un árbol, al cabo de unos minutos quedándose este dormido; ya eran las ocho y un minuto cuando despertó. Estaban delante del decenas de muertos que se paseaban, bailoteaban delante de él. El joven asustado y arrepentido por todo lo que había visto decidió dirigirse a Coaybay (Dios de los muertos), implorándole que le dijera a los muertos que se marcharan, pero Coaybay le respondió ¨nunca invoques el llanto de la noche¨. De repente cayó una fruta del árbol donde se encontraba Coaybay, le golpeó la cabeza y este despertó.

Ana María De La Rosa Jáquez (13 de septiembre de 2000 en Peralvillo, Monte Plata). Estudiante de Letras en la universidad Autonómica de Santo Domingo (UASD). Sus textos aparecen publicados en Alasunto.com

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Aquellos que comen guayabas, de Ángela Alcantara.

Durante las noches, especialmente en aquellas en que el aire huele a fruta dulce y madura, los vivos toman precaución y buscan refugio temprano, cerrando sus puertas.

Se comenta —entre quienes más tiempo han pisado estas tierras y, por lo tanto, saben más de la vida— que los muertos sin ombligo, los llamados opías, viajan entre nosotros en noches como esas, buscando guayabas que comer.

No porque tengan hambre, sino porque sienten nostalgia.

Pero… ¿nostalgia de qué?

Esa pregunta me persigue últimamente, y mi deseo por obtener una respuesta era grande. Así que, una de esas noches, mientras todos dormían bajo el resguardo de sus casas, decidí mirar y verlos.

Me acerqué a la ventana con cuidado, procurando no hacer ruido, y allí los vi.

Se movían tranquilos, con sigilo, entre los árboles bañados por la luz de la luna, que los hacía brillar. Era algo hipnótico, imposible apartar la mirada.

Los observé acercarse a los guayabos y retirar sus frutos con precisión, sin emitir sonido alguno.

En ese momento, uno de ellos se volvió hacia mí y me miró fijamente, como si siempre hubiera sabido que yo estaba allí.

Su rostro carecía de expresión, y su mirada vacía parecía capaz de absorberme por completo en su profundidad: serena,vacía y muy inquietante.

Al salir de mi asombro, retrocedí dos pasos y bajé la vista, aturdida. Respiré lentamente y volví a mirar, esta vez procurando no fijarme directamente en sus ojos.

Entonces vi algo que me heló y, al mismo tiempo, me enterneció: una leve sonrisa en la comisura de sus labios.

Lo observé llevarse la fruta a la boca, morderla y desaparecer junto a los otros, como si nunca hubiesen estado allí.

Desde esa noche, cada vez que llega la temporada de guayabas, encuentro en el árbol del patio una fruta a medio comer, siempre en el mismo lugar.

He llegado a la conclusión, y me atrevo a decir que al fin comprendo lo que los mayores decían sobre los opías, las guayabas y la nostalgia, en esas noches, y así me gusta pensar, que mientras comen dulces guayabas bajo la luz de la luna, los muertos recuerdan, a su manera, que la muerte también tiene hambre de vida.

FIN.

Angela Yosmairi Alcantara Guerrero (03 de octubre del 2001,Santo Domingo, República Dominicana). Actualmente es estudiante de la Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Sus textos aparecen publicados en Alasunto.com

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El cuerpo que se hizo agua, de Arianna Reyes Santana

Hace muchos años no existía el mar. Los hombres vivían rodeados de pura tierra seca, cuevas y montañas.

Fue hasta aquel día, el día de la desgracia entre un padre y un hijo, Yaya y Yayael, cuando todo cambió. El hijo quiso matar a su padre, y ante tal rebeldía, Yaya lo castigó quitándole la vida. Sin embargo, guardó sus restos dentro de una calabaza y la colgó en su casa como si fuera una lámpara.

Pasó el tiempo, y un día bajaron la calabaza. Pero los huesos ya no eran restos: se habían transformado en peces. De ellos hicieron un banquete, y comieron hasta saciarse. Al contarlo al pueblo, despertaron la curiosidad de los hijos de la madre tierra, que lo quisieron comprobar.

La inquietud fue tan grande que descolgaron la calabaza, y esta se rompió. Entonces, un torrente de agua se desbordó, y los pies de Yayael se convirtieron en delfines, su cabeza en ballena, sus manos en pulpos, sus brazos en manatíes, sus piernas en medusas y su torso en tiburón.

Así nació el mar: un ser vivo nacido del castigo. Desde entonces, sus olas son puro llanto y su fuerza, rebeldía.

                                                                          FIN.

Arianna Davioly Reyes Santana (Santo Domingo, República Dominicana, 2004). Estudiante de la carrera Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Locutora profesional y maestra de ceremonias, egresada de la Escuela Prof. Otto Rivera. Actualmente se desempeña como docente de Lengua Española en el Centro Educativo Prado Oriental. Sus textos aparecen publicados en Alasunto.com

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Amor y recuerdos de los ancestros taínos, de Danna Constanzo 

Cuentan los viejos taínos que, cuando un ser querido moría, su familia guardaba uno de sus huesos dentro de una vasija junto al cemí que cuidaba la casa.  

Ellos creían que así el alma encontraba el camino hacia Coaybay, el lugar donde viven los espíritus. 

Cada noche, la madre encendía una vela y le hablaba al hueso en voz baja, con palabras que solo el viento entendía.  

Poco a poco, el hueso fue echando un brillo suave, como si tuviera una luz propia. Los niños creían que aquel resplandor espantaba los males, mientras que los viejos decían que era el espíritu velando por los suyos.  

Por eso, todavía hoy, algunos guardan un pedazo de aquellos que amaron.  

No por miedo, sino por amor… 

Desde entonces, nadie teme tener huesos guardados: porque en cada uno de ellos late un poco del corazón que no quiso marcharse del todo, y porque hasta los huesos recuerdan el camino a casa. 

FIN. 

Danna Patricia Constanzo Tejada (Santo Domingo, República Dominicana 2002). Estudiante de la carrera Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Actualmente se desempeña como docente de primaria en el Centro Educativo Ovejitas Dominicanas. Sus textos aparecen publicados en ACENTO y Alasunto.com. Su ensayo sobre sobre la obra del escritor haitiano René Depestre https://acento.com.do/cultura/capitan-zombi-de-rene-depestre-9585145.html fue traducida al frances por el también poeta haitiano Philippson Juste. El mismo aparece en el blog https://mapoulibelibe.com/

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A mi sangre, de Kathery Yaniris Cuevas Vidal

Llega la noche y recuesto mi cabeza sobre la almohada, y una vez más, como no es raro acontecer, se refleja tu silueta en mis pensamientos. Aunque tu ser en esta superficie no exista, tu sangre aún fluye en mis venas.
Yo, que he crecido en un firme pensamiento, con la verdad acerca de la vida después de la muerte; yo, que conozco un Dios vivo que no se deja ver, pero se deja sentir; un Dios singular y exclusivo que nos faculta, nos posibilita atesorar cada fragmento de la existencia, de abrazar, de sonreír. Le suplico mil disculpas por no adaptarme a esta triste realidad, realidad desgarradora que noche tras noche me persigue y me hace pensar:

Si fueras tú quien estuviera en aquel lugar… ¿Cómo es su nombre? ¡Ah, sí, ya recordé!
Coaybay, en aquella isla llamada Soraya. Si fueras tú, te iría a visitar y contaríamos esos chistes una y otra vez.
Si tú estuvieras allí, en aquella isla llamada Soraya, pero si esa isla se convirtiera extrañamente y mágicamente en tu casita allá en el campo, frente al mar, con olor a infancia, a recibimiento caluroso. Si de manera milagrosa se devolviera el tiempo y nos encontráramos con los indios, allí donde Pané se encontraba involucrado, conviviendo estrechamente para relatar acerca de los mitos y ceremonias de los dichos seres primitivos, moradores de las Antillas. Y partieras de esta tierra primero que yo, seguramente te encontraría en la isla Soraya, en aquel lugar donde iban los muertos: Coaybay.

Y si, en dado caso, no pudiera visitarte, por el hecho de que todavía no habría yo partido de este mundo, entonces esperaría en la noche. Sé que irías a visitarme…
Pero no convertida en fruta, para que pueda yo darte un fuerte abrazo.
Creo que me hubiera fantaseado con los cuentos de los Behiques solo para escuchar alguna cosa sobre ti.
Lo que sí tengo seguro es que no tendría miedo de salir y esperar por las noches. Si hubiésemos estado allá, donde estaban Yaya y su hijo Yayael, donde falleció Itiba Cahubaba después de dar a luz a sus cuatro hijos, cuyo primer hijo era Caracaracol (Deminan), donde estaba Bayamanacoel y otros tantos originarios.
Aunque todo esto es solo una ilusión, una cosa sí es segura: estás en mi sangre.

FIN.

Kathery Yaniris Cuevas Vidal (27/02/1996 Barahona, República Dominicana) estudiante de Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Actualmente labora como maestra de primaria en el Centro Educativo Profe Yorlli. Su trabajo literario aparece reseñado en Alasunto.com

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Piel de barro, de Carlos Mesa

Relato inspirado en los capítulos XII y XIII (pp. 32-33) de Relación acerca de las antigüedades de los indios, de Fray Ramón Pané, edición de José Juan Arrom (3.ª ed., América Nuestra).

A los pies de un árbol de gran tamaño, vio Araná la mujer más hermosa que sus ojos jamás habían podido ver. Su piel de barro reflejaba la luna con un brillo especial. Las curvas de su cuerpo invitaban a sostenerla con fuerza, y su silueta era un ejemplo de perfección que lo hizo sentirse indigno del privilegio de mirarla.

Araná procedió a acercarse y pudo ver su rostro: el más precioso que jamás había visto en su vida. Sus ojos negros, grandes e insondables, le dieron una calma que no podía explicar y la confianza para acercarse más.

Y se acercó Araná, tanto que probó sus besos: unos besos tan dulces como la fruta más exquisita que jamás había probado. Y tocó su piel, y fue la superficie más suave que sus manos habían palpado. Y sintió su calor embriagador, el más intenso que su cuerpo jamás había sentido. Y la hizo suya, como su propio nombre, como los recuerdos de toda su vida; tan suya como todo lo que lo había llevado hasta ese momento. Y durmió con ella entre sus brazos, tan profundamente que ya no le importaba otra cosa más que descansar con ella pegada a su cuerpo.

Al amanecer, despertó con los brazos vacíos. Buscó a la mujer, pero no la encontró en ningún lado: ni a los pies del árbol, ni a la orilla del camino, ni en la cama de hojas que fue su lecho.

FIN

Carlos Mesa nació en Panamá el 25 de julio de 1992. Es hijo de padres dominicanos y vive en la República Dominicana desde los seis años. Actualmente, cursa la Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Desde temprana edad, Carlos mostró una profunda curiosidad por las palabras, aprendiendo a leer antes de ingresar a la escuela. A los nueve años, escribió su primer cuento, marcando así el inicio de su carrera como escritor. Sus artículos literarios aparecen publicados en los periódicos El Caribe, ACENTO y Alasunto.com

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El tambor del agua, Rafaela Calcaño

Dicen que el cacique Guarocuya tenía un tambor  hecho de ceiba y luna. Cuando lo tocaba, no salía sonido, sino lluvia. Llovía sobre los conucos, sobre los techos de palma, sobre los sueños de los niños que aún no sabían que serían esclavos.

Una noche, los conquistadores robaron el tambor. Lo llevaron a Castilla, lo encerraron en un museo. Desde entonces, Europa llueve sin saber porqué.

Fin

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 La palabra que no murió

En el bohío de la abuela Anacaona, las palabras se tejían como hamacas. Cada hilo era un mito, un canto, una advertencia. Cuando llegaron los hombres de hierro, quemaron los tejidos, pero no las palabras.

Una de ellas, “yucayeque”, se escondió en el viento. Voló por siglos, cruzó océanos, se posó en los labios de una niña que escribía en su cuaderno escolar: “Aquí vivimos juntos, como antes”.

                              Fin

Rafaela Calcaño Marte (Samaná, República Dominicana 24 de octubre 1994) Estudiante de Licenciatura en Letras  en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Hija única, apasionada de la lectura, el cuento y la poesía. Sus textos aparecen publicados en Alasunto.com

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Premonición, de Amy Vargas Castro

Minificción a partir de la lectura del capítulo XXV de “Relación acerca de las antigüedades de los indios”, de fray Ramón Pane 

Una vez llegó el crepúsculo, me senté en el pavimento de mi choza con la espalda pegada a la pared. Tomé el guanguayo repleto de cohoba y, a través del hueco de la caña, me dispuse a inhalar el polvo que se encontraba en su interior. Una mueca se posó en mi ahora lacrimoso rostro; el menjunje causó estragos en mis conductos nasales. Prontamente mis sentidos se desinhibieron: mi cabeza daba vueltas, los colores y las formas se movían cual danza ancestral hasta retomar la nítida forma de Yucahuguamá.

—Escucha, Cacibaquel —dijo imponente—: la desgracia se aproxima en el horizonte. Estén atentos ante el hombre paliducho y vestido. No caigan en su engañosa amistad, pues no buscan más que su propio beneficio. Muerte, muerte y más muerte se avecina.

La ensoñación finalizó de manera abrupta. Sin tiempo que perder, dirigí mi cuerpo tembloroso y sudado a la salida, con la intención de comunicarle a mi pueblo el mensaje.

En la lejanía, la Santa María ondeaba sus velas en las aguas del Nuevo Mundo.

Amy Vargas Castro (Distrito Nacional, República Dominicana) es estudiante de la licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Sus artículos literarios aparecen publicados en ACENTO.COM y Alasunto.com

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El origen del mar, de Chanell M. Cruz Liriano

La furia de Yayael retumbaba en el plano terrenal incluso después de ser despedazado por su propio padre. La traición a la sangre había provocado que la muerte cayera como relámpagos sobre sus extremidades ahora inertes. Sus restos, que reposaban putrefactos al fondo de una higüera emitían una energía ensordecedora, un ansia vengativa que sobrepasaba los límites espirituales.

Corroída su alma y tan poderoso su odio, suplica a los dioses por una molécula de consuelo. —Oh! Matriarca de los cielos y la tierra, ¡Atabey! escucha su ruego, que tu fértil tacto premie su corazón enardecido.

Los ecos del abismo se agitan entonces retumbantes, sedienta de sacrificio, cede la diosa madre a la petición atroz.

—Una vez perturbado tu lugar de descanso, de tu cuerpo estancado en aquel recipiente, emanará sin fin traslucido cristal salado, veneno para tus enemigos que cubrirá valles y montañas hasta los confines de la tierra. Tu carne descompuesta se transformará en la vida que habite, cuyos primeros ejemplares ahogarán con sus espinas a tu perpetrador. 

Concedido el deseo sin el conocimiento de las víctimas, Yaya, progenitor de Yayael, al revisar la higüera, asombra sus sentidos con la visión de animales nunca vistos. Curioso, resuelve comer su carne, materializando así el augurio de la suprema diosa. Con sus extremidades tratando alcanzar su garganta, sucumbe ante las decenas de filamentos endurecidos que atraviesan sus vías respiratorias. Junto a él cae el recipiente encantado, del que se desborda infinito manantial, torrente despiadado que ahoga los pulmones de los hombres, ayer y siempre…

Fin

Chanell M. Cruz Liriano es una estudiante de Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo que desde temprana edad siente una gran afición a la lectura y a la redacción. Fanática empedernida de la magnífica Aura de Carlos Fuentes. Sus artículos literarios aparecen publicados en los periódicos ACENTO y Alasunto.com

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Relatos de Ana Mercedes García

  1.  Tierra incierta. 

No recuerdo fecha ni hora, solo que a la cueva le llaman Cacibajagua. Dicen que solo quedan unos pocos indios y que atormentados por el acecho de los invasores, ofrecen sus vidas a Atabey. 

  "Oh, Diosa, madre de las aguas, te entregamos nuestras vidas. Preserva en un sueño profundo, bajo la luz de la luna, a cien niños indios resguardados en el seno de la  tierra. Cuando todo se disipe, haz que el ciclo se repita, que se levanten y con tu fulgor, pueblen las Indias.”

Así, la Diosa escuchó sus deseos y los tomó consigo. Tras la llegada de los colonizadores, estos invaden una tierra sin indios. En cuánto a los niños, aún yacen bajo nuestros pies, inertes, en el triste silencio de una tierra incierta. 

  1. Guabonito y Guahoyana. 

 Dos indios sucumbieron en las profundidades de lo desconocido.

 Guahoyana se preparaba para explorar el origen entre las  montañas de la India Guabonito. Mientras tanto, pensaba con  curiosidad ardiente, ¿qué secreto esconderá? Su emoción fue tan grande al ver algo familiar: era una cueva. 

Anheló entrar, pero era muy pequeña así que recordó lo que entre sus montañas también reposaba. Al cruzar el umbral, lo que para la india era amor, su cueva desbordó la creación del mar. Así, tendidos y agotados los cuerpos qué vaporizan magia, descendieron a una nueva vida que  vibra bajo el suelo de la cueva. Y allí las paredes antiguas susurran aún sus nombres.

FIN 

Ana Mercedes García Espinal nació en República Dominicana (Santo Domingo Oeste) en el año 2004. Actualmente es estudiante de la licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Sus artículos literarios aparecen publicados en los periódicos El Caribe y Alasunto.com

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El origen, de Orleny Bonilla

Minificción a partir de la lectura del capítulo XXV de “Relación acerca de las antigüedades de los indios”, de fray Ramón Pane 

Se cuenta entre los susurros del viento, que antes de la llegada de los primeros hombres, la tierra estaba habitada por criaturas antinaturales, las cuales no se sabía con certeza de dónde venían. Estás bestias merodeaban la tierra solo en el momento que había sol; en las noches desaparecían. 

Más adelante, fueron surgiendo los primeros hombres; de estos se conocía que vinieron de Cacibajagua, otros de Amayúana. De Cacibajagua salió la mayor parte de la gente que pobló la isla. 

Se dice que estos hombres vivían ocultos en las sombras, en cuevas para poder resguardarse del sol, ya que, si la luz de este los tocaba, podían aparecer las bestias de luz solar a pulverizarlos. Por tal razón, siempre había un guardián que cuidaba que todos los hombres no salieran fuera de las cuevas y se encargaba, además, de cerrar las puertas.

Pero, cuando fue el turno de Mácocael de resguardar la cueva, este sentía dudas acerca de las leyendas contadas por sus compañeros sobre el sol y las criaturas extrañas. Así que aprovechó su momento y decidió salir fuera de la cueva. Justo cuando los primeros rayos de luz tocaron su piel, se materializaron dichas criaturas a su alrededor; más no le valió huir, pues estas lo capturaron y justo cuando una de ellas tocó su rostro, Mácocael se convirtió en cenizas, las cuales los dioses recogieron y utilizaron para moldear nuevos hombres.    

  Fin.

Orleny Zunaldy Bonilla Campos (Santo Domingo, República Dominicana, 17 de marzo del 2000). Actualmente,  es estudiante de la licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Sus artículos literarios aparecen publicados en los periódicos ACENTO y Alasunto.com

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El origen del deseo, Elisa Martínez Pozo

Al principio, solo existía un ser con vida que no se podía definir su sexo porque no tenía vientre de creación, estaban sin sombra de deseo, carecían del origen de la feminidad. Los hombres ciegos ante tal misterio y deseosos de hallar ese tesoro escondido persiguieron a un pájaro llamado inriri hasta atraparlo, este pájaro con su enorme pico excava los árboles para hacer su nido. Las mujeres estaban amarradas, sin poder moverse. Los hombres sujetaron el ave cerca de ellas y él confundido por el olor a madera empezó a realizar lo acostumbrado picotear. Después de un momento las mujeres se miraron y estupefacta por lo ocurrido salió de ellas una lágrima de felicidad y sufrimiento.  Cuenta la historia que, desde aquel instante, así dicen los indios, experiencia vivida por los más viejos, tienen memoria de la primera mujer.

FIN

Elisa Martinez Pozo (10 de junio del 2002, Yamasá, República Dominicana) Desde muy temprana edad mostró un profundo interés en el discurso, el análisis y todo lo relacionado con las letras. Esa inclinación natural hacia la comunicación me llevó a participar en distintos espacios de expresión oral y escrita. En el año 2016 obtuve el segundo lugar en un concurso de oratoria, y también participé en el Modelo de las Naciones Unidas, realizado en el distrito 17-05 de Peralvillo, experiencias que fortalecieron mi gusto por el diálogo, la argumentación y la reflexión crítica. Actualmente ES estudiante de Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), donde continúa desarrollando su pasión por el lenguaje, la literatura y la palabra. Sus artículos literarios han sido publicados en los periódicos El Caribe y Alasunto.com

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 Las criaturas de los seis dedos, de Yamilka de Jesús

Cuenta la leyenda que, en antiguas aldeas, los dioses descendían en noches de luna llena para escoger a las indígenas con quienes deseaban cohabitar. Al quedar en cinta, las mujeres lloraban sin consuelo hasta el día del nacimiento. Entonces, indígenas y dioses se reunían en círculo sagrado. Al salir la criatura, sus manos eran examinadas en busca de seis dedos. Si los tenía, los dioses reclamaban su derecho divino. El cacique, obediente, llevaba al niño al batey, y allí, en 

ceremonia solemne, lo sacrificaba. Así entregaba a los dioses la criatura que les pertenecía.

¿DÓNDE ESTÁN LOS INDIOS?

Llegaron sin avisar. 

Entraron sin preguntar. 

Tomaron lo que no se les dio. 

Destruyeron lo que ninguno construyó.

Muchos decían que era la furia de Juracán, 

mientras luchaban y corrían, 

mientras otros ya yacían sin vida. 

Que a todos nos exterminaron, se dice. 

Que muchos escapamos, se dice. 

Que vivimos escondidos, se dice. 

Que Atabey nos refugió en sus aguas, se dice. 

Pero yo te pregunto, con el corazón en la boca: 

¿Dónde están los indios?

FIN.

Yamilka De Jesús Aracena (24 de enero del 1997, Santo Domingo, República Dominicana). Estudiante de la Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Sus textos han sido publicados en el periódico Alasunto.com

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Inriri, carpintero del vacío, de Claritza Esmeralda De Jesús Castillo

Llovía como si el cielo estuviera rascándose las costillas con furia. La aldea, que llevaba semanas conversando consigo misma, sonaba más vacía que los caracaracoles secos del bohío. Dicen que fue el cacique quien mandó a buscar al inriri y a los talladores, hombres con manos de piedra y la calma de un río que ha visto morir imperios.

Yo estaba allí, en silencio, agazapado detrás de una hamaca como quien espía a los dioses en calzoncillos. Amarraron cuerpos al tronco alisado, no con violencia, sino como se ata una promesa para que no se deshilache con el viento. El inriri llegó, confundiendo piel con madera, y empezó lo suyo: toc-toc, como un tambor que todavía duda de su vocación. Cada picotazo era una pregunta lanzada al abismo; cada astilla, una sílaba arrancada al olvido.

Y entonces sucedió lo impensable: de esas heridas comenzó a brotar música. Y de la música, mujeres. No nacieron con grito, sino con la respiración honda de un conuco después de la lluvia. Nos miraron sin prisa, como si ya nos conocieran desde antes de que el fuego aprendiera a ser hoguera. Yo estuve a punto de preguntar si dolía, pero ellas estaban ocupadas reconociendo la ternura de sus manos recién talladas.

Desde entonces, cuando llueve, oigo al inriri entre los árboles, afinando el mundo como si fuera un instrumento que no acaba de encontrar su nota. Y me repito que hay vacíos que sólo se llenan tallando con paciencia, aunque escueza. Porque a veces, la creación no es otra cosa que una herida que ha decidido cantar.

                           Fin.

Claritza Esmeralda De Jesús Castillo (14 de noviembre ,San Francisco de Macorís , República Dominicana). estudiantes de la licenciatura en letras puras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Sus textos han sido publicados por el periódico Alasunto.com

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LA GRANDEZA DEL SOL

Por Albania María Santos

Estaba Macocael cumpliendo su papel de guardia, cuando de repente se le aparece una luz brillante, la cual era imposible de mirar, una luz tan resplandeciente que le calentó el alma y le inmovilizó el corazón.

Al ver los indios que Macocael no regresaba decidieron enviar a Yahubaba a investigar lo que pasaba, sin embargo, no encontró éste nada que tal suceso explicara, de repente aconteció que una luz resplandeciente vio, asustado por lo que vio a su cueva corrió, mas no hubo lugar alguno al que la luz no llegara, y para mal de Yahubaba esta luz lo alcanzó, tan fuerte fue su impresión que en pájaro se convirtió.

Los demás indios por miedo a que algo les pasara, acordaron jamás salir. Y así, se cuenta la historia de un pájaro que se posa en la estatua de un humano convertido en piedra, ambos mirando fijamente al cielo, esperando que pase la noche y le toque nuevamente, esa luz resplandeciente que el alma les transformó, cuenta la gente que el pájaro canta con voz suplicante como quien ruega al sol que le devuelva la vida y le enfríe el corazón a su compañero de piedra.

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Albania María Santos (Villa Riva, 1995). Desde 6to grado  inició a leer por pasión al tener acceso a una biblioteca, tenía un diario en el que escribía poemas y reflexiones personales. En la actualidad es estudiante de la licenciatura en letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Sus artículos literarios aparecen en los periódicos ACENTO Y Alasunto.com

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El  sol que se cansó de mirar, de Crismel Sánchez

El sol miró tanto a los hombres que se cansó. Vio cómo talaban los montes, cómo herían a la tierra, cómo olvidaban los nombres de las estrellas.Entonces, una mañana, no salió. El cielo se llenó de frío y de miedo.Los hombres encendieron fogatas para llamar su regreso, pero solo una niña, con una vela pequeña, le susurró al viento “Vuelve, abuelo, prometemos recordar”. Y el sol volvió. Desde entonces, dicen que cada amanecer es una oportunidad que el hombre no debe desperdiciar.

FIN

Crismel Sánchez Rosario (18 de Diciembre del 2003,Provincia Hermanas Mirabal,  Salcedo. República Dominicana.) Estudiante de Licenciatura en letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo UASD. Sus textos aparecen en el periódico Alasunto.com                                 

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Guanguayo, de Carmen de la Cruz

Caracaracol no estés husmeando en los bohíos y conucos ajenos que muy bien sabes, por lo que nos han dicho los ancestros que tienen sus guardianes para espantar a los intrusos, ellos te pueden llevar al borde de la muerte. ¡Polvo de muerto te ha caído, polvo de muerto te ha caído!

Caracaracol estás a punto de pertenecer a Soraya y pasearás en las noches a degustar las guayabas. Ese poco de cazabe por poco te cuesta la vida. ¡Muéstranos tu ombligo para saber si aun estas con nosotros, los vivos! 

Fin 

Carmen De la Cruz Soriano (Santo Domingo), estudiante de Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Sus artículos literarios aparecen publicados en ACENTO y Alasunto.com

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Paraíso de los no vivientes, Gladis Rachel Acosta Soto.  

Minificción creativa del capítulo XII de “Relación acerca de las antigüedades de los indios”, de fray Ramón Pane.

Coaybay, paraíso habitado por aquellos 

que ya no están  en el plano terrenal

Pero que íntimamente se encuentran  

presentes en la vida de los suyos.

Para los tuyos no eras un lugar de castigo ni penumbras, 

sino aquella luz al final del tormentoso y tortuoso túnel

Como tierra prometida veían a 

Coaybay, no como un infierno ni un lugar de castigar.

En Soraya te podían hallar, y 

con un culto rítmico y cargado de bailes

 y buena música te recibirán.

“Donde vagan sus almas comiendo guayabas, 

Cantando y bailando areito”… con la ronca voz del mayohuacán, y las maracas. 

Así se vive en el paraíso de Coaybay.

Camino hacia la muerte

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Gladis Rachel Acosta Soto nacida el 09 de abril de 2003 en Santo Domingo, República Dominicana. Desde muy pequeña se sintió atraída por el mundo de la literatura, tomaba los periódicos (sin importar que estuviesen vigentes  o antiguos) y se sentaba con su abuela materna a leerlos. Criada en una familia de educadores, su cercanía con la labor de la enseñanza la inclinó a amar de sobremanera los libros y su hábito de lectura se solidificó. Durante su educación secundaria su maestra de Lengua Española resaltó su buena capacidad para la lectura y la escritura creativa, lo que la motivó aún más a adentrarse en este hermoso mundo de las letras. Actualmente está cursando una Licenciatura en Letras Puras, en la Universidad Autónoma de Santo Domingo; donde recientemente tuvo el privilegio de ser escogida para que uno de sus artículos de investigación el cual lleva por nombre “Problemas lingüísticos en personas de la tercera edad afectadas de Alzheimer” sea publicado en la Revista Enfoques, la cual pertenece a la Facultad de Humanidades de dicha universidad. Sus textos creativos aparecen en Alasunto.com

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Caída final, de Valentín Amaro

Minificción a partir de la lectura de “Relación acerca de las antigüedades de los indios”, de fray Ramón Pane

No vayas sólo te dijo el behique, pero testarudo como siempre, te fuiste sin hacerle caso. Te saldrán los muertos y ya no habrá nada que hacer. Yucahú no bajará a salvarte, fue quizás lo último que escuchaste. Su voz se fue perdiendo, porque luego siguió diciéndote otras cosas. En el camino, se te aparecieron no diez ni veinte ni treinta muertos. Cuando miraste hacia atrás notaste que era una muchedumbre que gritando te perseguía. La oscuridad y el espanto se apoderaron de tí. La noche descendía presurosa. Eran cada vez más. Entonces, Macocael, caíste en el abismo en donde todavía sin final, triste y gris, sigues cayendo.

                                                                             FIN.

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Valentín Amaro Almonte (La Piragua, Gaspar Hernández, provincia Espaillat, 1969) es educador, poeta, narrador y gestor cultural. Miembro fundador del Taller Literario Narradores de Santo Domingo, integra además el Taller Literario César Vallejo y el Círculo Literario “El Aleph”. Obtuvo el Primer Premio en el XXVIII Concurso de Cuentos de Radio Santa María 2020 con la obra “Melba”, así como el Segundo Premio en la XIX versión del mismo certamen, en 2012, con el cuento “Mariposas negras”. Asimismo, alcanzó primer y segundo lugar en poesía en el 4.º Certamen Literario para Docentes de la Universidad Iberoamericana. Su cuentística ha sido reconocida también en varias ediciones de los Premios Juan Bosch, auspiciados por la Fundación Global Democracia y Desarrollo. Poemas y relatos suyos figuran en numerosas antologías nacionales e internacionales. Posee estudios superiores en Lengua y Literatura, además de maestrías en Educación Superior por la Universidad Católica Santo Domingo y en Literatura por la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Ha publicado En el temblor de las visiones (2006), Mariposas negras (2013), El ave rasga su memoria (2014), Charcos de furia (2014) y Cantar de amapolas (2025), antología de poetas de Gaspar Hernández realizada junto a Deisy Polanco. Ha dictado conferencias sobre literatura y coordinado talleres de poesía y narrativa en todas las provincias del país y en el extranjero, incluyendo Puerto Rico, Estados Unidos, Cuba, Colombia, España, Ecuador, Perú, México y la República de Panamá. Durante cinco años consecutivos recibió el Premio a la Excelencia en Gestión Cultural otorgado por el Ministerio de Cultura. Se desempeñó como director del Sistema Nacional de Talleres Literarios, director general del Libro y la Lectura y director de la Feria Internacional del Libro en dicha institución. Fue profesor de escritura creativa en la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA). Actualmente es coordinador administrativo en el Ministerio de Educación y profesor de Lengua y Literatura en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), la Universidad Iberoamericana (UNIBE) y el Instituto Superior de Formación Docente Salomé Ureña (ISFODOSU).

Referencias

Pané, Fray Ramón. (2011). Relación acerca de las antigüedades de los indios. Siglo XXI Editores.

Arrom, J. J. (2003). Mitología y artes prehispánicas de las Antillas (3.ª ed.). Siglo XXI Editores.

Cornejo Polar, A. (1994). Escribir en el aire: ensayo sobre la heterogeneidad socio-cultural en las literaturas andinas. Horizonte.

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