GRACIAS… ME QUEDARÉ CON MI POBREZA MENTAL
La historia siempre nos ha enseñado que todo aquel que está a favor de una dictadura está, inevitablemente, del lado equivocado. No importan las justificaciones morales o los malabares intelectuales que se intenten hacer para defenderla: la sola palabra dictadura derrumba cualquier argumento.
Resulta penoso ver cómo algunos pretenden maquillar los atroces crímenes del chavismo con un discurso barato sobre el Derecho Internacional, un discurso que se utiliza para proteger a un dictador, pero nunca para defender a sus víctimas. Víctimas que parecen no importar porque todo gira —una vez más— alrededor del petróleo. Lo irónico es que Rusia, Cuba, Corea del Norte, China, Irán y otros países llevan décadas chupando como vampiros ese oro negro, y nadie dice nada. No piensan en los cientos —o miles— de desaparecidos. La ideología los ciega. No logran ver la felicidad contenida de un pueblo que está a punto de ser libre después de tanto sufrimiento. Solo ven —y magnifican— los crímenes intervencionistas de Estados Unidos, los cuales no apoyo, y lo dejo claro. Sin embargo, también creo que hay contextos en los que, cuando un pueblo no tiene la fuerza para derribar a su propio diablo, la ayuda externa se vuelve necesaria.

Presos políticos en Venezuela
Para mí, la vida del hombre y la mujer que luchan honradamente cada día por un sueño vale más que cualquier discurso geopolítico. Personas que solo desean ver a sus hijos e hijas crecer sin miedo, sin pensar que por decir algo contra la dictadura llegarán a su casa a tumbar la puerta y a cortarles la cabeza.

Ahora muchos intentan justificar su postura usando ejemplos históricos de mi país: las intervenciones de 1916 y 1965. Y aunque es cierto que ambas fueron realizadas por Estados Unidos, ni el contexto ni la época son comparables.
En 1916, el pueblo dominicano ya había luchado. A pesar de los gobiernos efímeros, la deuda internacional impagable y la profunda inestabilidad política y social, Estados Unidos se arrogó el derecho de invadir. Ahí sí había que resistir, porque no se trataba de un dictador degollando a su pueblo, sino de una nación joven, imperfecta, aprendiendo a gobernarse, aunque también marcada por la ambición y el desorden.

Gavilleros
En 1965, tras el golpe de Estado ilegal contra Juan Bosch en 1963 y la instauración del Triunvirato, el movimiento que exigía el retorno a la constitucionalidad provocó la Revolución de Abril. Esto derivó en la segunda intervención militar estadounidense, igualmente injustificable desde el punto de vista moral. Pero, de nuevo, no había un dictador cortando cabezas en el poder: era un pueblo luchando por hacer lo correcto.

Soldados y civiles, Guerra del 65
Hoy, muchos dominicanos intentan justificar la captura de Nicolás Maduro apoyándose en esos episodios históricos, sacándolos de contexto. Aunque existe un hilo común —Estados Unidos como actor intervencionista—, se trata de realidades profundamente distintas. Venezuela vive una dictadura abierta, brutal y sostenida por el terror.
No estamos viendo gavilleros en las montañas ni a un pueblo desangrándose en una guerra civil contemporánea porque quitaron del poder a Maduro, todo lo contrario, estamos viendo a un pueblo manchando el mundo de lágrimas de felicidad porque han tumbado su verdugo. ¡Y sí!, para ustedes yo soy un ignorante, un busca sonido, un loquito que no ha leído un libro, un maestro con pobreza mental que, por opinar, “acabará muy mal”. Todo eso soy, según ustedes. Y no me importa. Porque no soy yo quien lo ha dicho: son ustedes mismos quienes, al justificar una dictadura, se han retratado.

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