Amor, soledad, belleza y espiritualidad en la poesía de Gabriela Mistral

Por Doraly Castillo Sánchez
Lucila de María Godoy Alcayaga, mejor conocida por su seudónimo literario: Gabriela Mistral, fue una reconocida poeta, diplomática y profesora chilena. Uno de sus primeros acercamientos a la poesía fue la lectura de un poema que encontró de su padre después de que éste abandonara la familia. Pasó de profesora ayudante a pedagoga y cónsul, no sin antes tener que atravesar varios infiernos. De sus muchas vivencias nacen poemas que le llevan al Nobel de Literatura en 1945, sin desearlo, pero agradecida. Sus conocimientos le guiaron a lugares altos, en los cuales brilló al junto de sus flores e ideales.
Si tratara de imprimir las labores de la poetisa aquí, me quedaría a medias en el mejor de los casos. Espero que el análisis de algunos de sus poemas aquí realizado hable por las proezas que faltaron por mencionar. Aunque, no creo ser capaz de lograrlo.

La araucaria es el árbol nacional de Chile. Quiero pensar que la naturaleza canta, y que, en esta ocasión, es portavoz de una de las poetisas favoritas de estas tierras. Quiero pensar que nos mostrará el camino al entendimiento de su rica poesía.
Sobre el poema “Amor, amor”
Este poema consta de 5 estrofas y de 20 versos. Son estrofas cuartetas y tienen una rima consonante a nivel general.
En el poema, es como si Mistral se hablase a sí misma. Es una especie de introspección llevada a la realización de su voz poética, como si estuviese enfrente de sí misma y se dijese estos versos. Es una diatriba personal. De manera imperativa le dice a su yo poético “Lo tendrás que escuchar/Lo tendrás que hospedar/ Lo tendrás que creer”. Se dice a sí misma que, aunque no quiera, debe aceptar el amor, que no tiene elección. El amor, entonces, es una tormenta que llega sin aviso, intenso y abrazador. Es interesante que, para la poeta, el amor tiene voz femenina: “Tiene argucias sutiles en la réplica fina/argumentos de sabio, pero en voz de mujer”. Nos hace pensar que el amor toma la voz de su portador y le habla, le guía, le hace sentir y le hace actuar según sus deseos.
El amor en estos versos toma forma de ave y surca los cielos, habla el idioma de sus congéneres y el de los humanos. También se personifica, se comunica con palabras, con gestos, es alguien que te abraza, y como hada encantada, te hechiza, y tiene la potestad de cegarte. El amor es esta cosa todopoderosa que llega para quedarse, para hospedarse en ti hasta matarte. Para Mistral el amor es trágico.
Amor, amor
Anda libre en el surco, bate el ala en el viento,
late vivo en el sol y se prende al pinar.
No te vale olvidarlo como al mal pensamiento:
¡lo tendrás que escuchar!
Habla lengua de bronce y habla lengua de ave,
ruegos tímidos, imperativos de amar.
No te vale ponerle gesto audaz, ceño grave:
¡lo tendrás que hospedar!
Gasta trazas de dueño; no le ablandan excusas.
Rasga vasos de flor, hiende el hondo glaciar.
No te vale decirle que albergarlo rehúsas:
¡lo tendrás que hospedar!
Tiene argucias sutiles en la réplica fina,
argumentos de sabio, pero en voz de mujer.
Ciencia humana te salva, menos ciencia divina:
¡le tendrás que creer!
Te echa venda de lino; tú la venda toleras;
te ofrece el brazo cálido, no le sabes huir.
Echa a andar, tú le sigues hechizada aunque vieras
¡que eso para en morir!
Desolación
Desolación fue el título de su primer poemario publicado en New York en 1922. Se dice que muchos de los poemas allí contenidos habían sido escritos diez años antes cuando se encontraba en Coquimbito, una localidad de Chile. Desolación también es el título de un poema que le pone palabras al sentimiento de destierro, de hallarse lejos de su país de origen, lejos de las distintivas araucarias de su tierra de hielo y fuego. El poema es de arte mayor, sus 8 estrofas tienen 4 versos cada una. Tiene un tono suave, pero expresivo. La pasión y el dolor en sus palabras es palpable. Pinta un panorama de soledad desde sus ojos de extraviada en la tierra. Mistral viajó mucho y vivió en diferentes tierras, pues fue diplomática, cónsul y una educadora destacada por sus ideologías de cambio.
Ya sea en tierras europeas o norteamericanas, estuvo rodeada del frío y la soledad. En distintas ocasiones mencionó que no le gustaba. Quizás por esta razón dice: “La tierra a la que vine no tiene primavera: / tiene su noche larga que cual madre me esconde”. La tierra de la que habla parece ser solitaria y fría, sin gracia y color, a diferencia de sus queridas y ancestrales tierras andinas. Se refugia en la noche, que la abraza como una madre, la madre de estas letras heridas, tan conocidas para su añoranza.
Es una observadora omnisciente de sí misma y de lo que le rodea:
El viento hace a mi casa su ronda de sollozos
y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito.
Y en la llanura blanca, de horizonte infinito,
miro morir intensos ocasos dolorosos.
La estancia que describe podríamos verla como su alma, sacudida por los vientos fríos de la tristeza. Si lo tomamos de forma literal, se refiere a la casa en la que se encontraba en ese momento, en donde su única compañía era el viento glacial que remecía los ventanales de cristal motivando sus gritos, su llanto. El horizonte, infinito y blanco, se come los ocasos y esto le duele en lo más profundo.
La falta de sabor y color también está presente en los frutos, tan desprovistos de luz:
Los barcos cuyas velas blanquean en el puerto
vienen de tierras donde no están los que son míos;
y traen frutos pálidos, sin la luz de mis huertos
sus hombres de ojos claros no conocen mis ríos.
Se entiende que, los frutos importados de tierras lejanas habían perdido su sabor. Los mismos, no vienen de su tierra. Intenta encontrar el suelo de las araucarias, los huertos de su origen. Reconoce a seres que no conocen su país, que no saben de qué ríos ha nacido. Más adelante nos sigue hablando de estos mismos seres que “hablan extrañas lenguas y no la conmovida lengua que en tierras de oro mi vieja madre canta”. Continúa hablando de esa tierra de eternas noches y un nuevo personaje aparece: la nieve. Ella cae, y la compara con “la gran mirada de Dios”. Se cierne sobre los tejados de su casa y la cubre, y dice que es “terrible y extasiada”. Mucho se han romantizado las grandes nevadas, pero Mistral destroza esta idea. Estas grandes nevadas solo adornan la soledad que se siente cuando se está en suelos desconocidos.
La flor del aire
Las flores son un tema recurrente en los poemas de Gabriela Mistral. En este, la flor de la pradera, admirada y amada, le habla y le dice que le busque flores blancas y que las corte, ya que ella no puede cruzar la pradera. Ella va, y encuentra azucenas, y más adelante encuentra flores rojas. En poemas como Dame la mano y danzaremos, Creo en mi corazón, ramo de aromas, Dios lo quiere, Éxtasis, La media noche, La sombra inquieta, y otros, hay una presencia evidente de esta figura sublime. Trata de inmortalizar sus colores y olores en los versos. Está en los momentos felices y en los no tan felices. Entiendo que para la poeta la figura de la flor, en ocasiones, es una representación de Chile y de su quehacer poético. La flor es ella misma. Estos capullos coloridos son las distintas partes de su ser. Retrata la belleza de la naturaleza y de sí misma.
Fragmento:
Trepé las penas con el venado,
y busqué flores de demencia,
las que rojean y parecen
que de rojez vivan y mueran.
El ángel guardián
La fe es otro de los temas centrales de su poesía. Lo vemos en los poemas: Balada, Creo en mi corazón, ramo de aromas, Desolación, Dios lo quiere, Escóndeme, Éxtasis, Intima, y otros. La espiritualidad que desprenden sus versos no se inclina a la religiosidad, es fluida, conectada a la vida misma, es sensibilidad por lo puramente humano.
El ángel guardián es un poema pensado para niños, para darles esperanza y hacerles entender que tienen a alguien que les cuida y les guía en la vida. Aquí se evidencia la ternura que sentía Mistral por estos seres inocentes. También se visualiza su amor por la enseñanza:
Hace más dulce la pulpa madura
que entre tus labios golosos estruja;
rompe a la nuez su taimada envoltura
y es quien te libra de gnomos y brujas.
Es quien te ayuda a que cortes las rosas,
que están sentadas en trampas de espinas,
el que te pasa las aguas mañosas
y el que te sube las cuestas más pinas.
Aquí las rosas son una representación del peligro. Vemos como a lo largo de su poesía, las flores tienen distintos papeles. Unas veces es su vivo retrato, otras, las más variadas y vívidas imágenes poéticas.
Los ángeles entonces tienen la tarea de alejar los miedos de los niños, de cuidarlos de las brujas y los gnomos, de guardar su camino.
Mistral les dio voz a los poetas de su tierra y de toda Iberoamérica. Posicionó nuestro idioma en un pedestal surcado de oro y de los más finos diamantes.
Las palabras que le dedicaron a la poetiza cuando le entregaron el Nobel fueron estas:
“Su obra lírica que, inspirada en poderosas emociones, ha convertido su nombre en un símbolo de las aspiraciones idealistas de todo el mundo iberoamericano”.
Naciendo de la transición del Modernismo a las vanguardias, brindó poemas excelsos, primando en ellos lo sensorial: olores, detalles; y los sentimientos más honestos y elevados. Se caracterizaba por darle a sus versos la delicada musicalidad de la rima consonante. Con temas tales como el amor, la soledad, la belleza y la espiritualidad, dio a conocer un individualismo que parte de las observaciones de los otros, del existir en esencia. Lucila le demostró al mundo que en la sensibilidad se esconden grandes fortalezas.
Referencias
- Henao, S. de G. (s. f.). Gabriela Mistral. A media voz: http://amediavoz.com/mistralORO.htm
- Biografía de Gabriela Mistral: https://es.wikipedia.org/wiki/Gabriela_Mistral
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La autora del artículo es estudiante de la Licenciatura en Letras Puras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

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