Por Melania Emeterio R.
Nuevamente estamos ante la llegada de la fecha más importante que recuerda la historia del nacimiento de la República Dominicana, el Día de la Independencia Nacional, un 27 de febrero del 1844.
Esta gesta fue una apuesta de fe y esperanza en el porvenir, y al mismo tiempo una derrota del miedo y el pesimismo. No es lo mismo sembrar que cosechar, pues hoy celebramos con júbilo, pero en 1844 fue con sangre, decisión y toda clase de riesgo para poner punto final al dominio haitiano, luego de 22 años de apropiación.
Hoy, lo que juiciosamente se impone es tener presente que la soberanía y la independencia son legados que no están sujetos a mantenerse para siempre así por así, pues está demostrado que, en el devenir, son muchas las asechanzas de los traidores que la hacen zozobrar o languidecer. Este juicio nunca fue tan cierto y oportuno como ahora, cuando las amenazas a nuestra soberanía son a la clara, y con apoyo local e internacional.
La celebración de este año tiene que ser más consciente y cónsona con los indicadores de amenaza a la soberanía nacional, que son cada vez más evidentes. Hay que ver con objetividad, firmeza y con ojos muy abiertos que los haitianos se han apoderado del territorio nacional, aunque aún se conserve la condición de país libre y soberano.
La raza inmortal, encabezada por el ilustre Juan Pablo Duarte y los Trinitarios, ha sido traicionada. Hace buen tiempo que el país vive la trágica vergüenza de haberle abierto la puerta del territorio a la invasión haitiana. Existir bajo estas condiciones es una vergüenza que no hay modo de justificar. En cualquier plano de la realidad inmaterial en que se encuentren nuestros independentistas y libertadores, sus ojos tendrán miradas acusadoras, estarán señalando falta de juicio, memoria y dignidad, al ver oprobios como estos:
- El país está invadido, en los cuatro puntos cardinales, por los haitianos, sin que hasta ahora el gobierno presente al país un plan riguroso y creíble de desocupación.
- Sigue el juego abominable de agarrar a tres haitianos ilegales y, por otro lado, dejar pasar a cientos de ellos. Este tráfico es un negocio sucio e inescrupuloso que necesita sanciones profilácticas que reviertan esa acción contra la Patria.
- La traición local continúa su apoyo incondicional a la migración ilegal haitiana, sin reparar en el daño que recibe el país. Varias veces, con acusaciones falsas, Rep. Dom. ha sido denunciada y condenada, por iniciativa de la traición local, internacionalmente para favorecer a los haitianos.
- Los organismos internacionales continúan denunciando y acusando al país de violador de los derechos humanos de los migrantes haitianos. Quieren, estos abusadores, que el país abra totalmente sus fronteras a todos los haitianos, los que están y todos los que deseen venir. Su plan de fusión es su objetivo central.
- Los haitianos tienen, de forma gratuita, todas las ventajas en el país: educación (con todo lo que esto supone), servicio de salud, empleos formales y subempleos, servicio de electricidad, agua potable, recogida de basura, entre otros.
Es preciso destacar que aun con todo lo que reciben, los haitianos no están conformes, y cada vez demandan más derechos y más servicios, lo cual se convierte en una competencia desleal con los dominicanos que pagan impuestos y que, por demás, son los dueños y forjadores de su país.
Lo peor de esto es la actitud desmemoriada de muchos dominicanos/ as que, presumiendo de ingenuidad, ven a los haitianos solo como migrantes necesitados, y no como lo que han sido siempre: personas educadas bajo el criterio de que este territorio les pertenece, que fue Duarte quien se lo quitó. Y es ese resentimiento el que le mueve, y le moverá siempre, a los haitianos.
Son esos, y otros asuntos inaceptables, los que nos deben llevar a preguntarnos el 27 de febrero, junto a la bella bandera dominicana, si nuestro júbilo debe ser solo gozo, o de profunda vergüenza y de compromiso para revertir esta situación tan ultrajante: humillados por aquellos mismos de los que nos liberamos en 1844.
Hacer conciencia del peso de esta realidad obliga a dar otra mirada y observar que los haitianos, aunque se vean como silenciosos y sufridos, no son tales; aguardan propósitos. Sufrido es el pueblo dominicano, que deberá esforzarse mucho para sacar esta invasión haitiana de su territorio. Solo así estaríamos honrando a quienes, con la fe en el porvenir, nos legaron la patria que tenemos, y dejaron por escritos los más elevados ideales de Dios, Patria y Libertad.
En esta fecha gloriosa, exijamos al gobierno un plan de desocupación, aumentemos el compromiso con lo que es nuestro, opongámonos al avance de la haitianización, no seamos espectadores, y traduzcamos toda esta calamidad en un gran programa nacional, y con los resultados cosechados levantemos en alto la bandera por la dignidad y la soberanía del país. Seamos cautelosos con nuestro júbilo patrio




