
Por Jimmy Féliz
Sin cultura escolar no hay calidad sostenible: hay aulas nuevas, pero aprendizajes frágiles.
En la conversación pública sobre educación solemos hablar en el idioma de lo visible: aulas, butacas, techos, conectividad, alimentación, transporte. Y no es un error. Un sistema educativo sin infraestructura está condenado a la precariedad. Pero hay otra infraestructura -menos fotografiable, casi nunca inaugurada con cinta- que determina si todo lo anterior se convierte en aprendizaje real o en simple administración de servicios: la cultura escolar.
Llamo cultura escolar (o infraestructura blanda) a lo que sostiene la vida cotidiana del centro: los hábitos institucionales, el clima de aula, los códigos de respeto, el prestigio de la lectura, la forma en que se ejerce la autoridad, la manera en que se tramitan los conflictos, la relación entre escuela y comunidad, los símbolos que producen pertenencia. Es “blanda” porque no es cemento; pero es infraestructura porque organiza lo posible. En términos simples: dos escuelas pueden tener el mismo edificio y el mismo currículo, y aun así producir resultados radicalmente distintos, porque una tiene cultura escolar y la otra apenas tiene rutina.
Esta idea no pertenece al territorio de la sensibilidad; pertenece al territorio de la gobernanza educativa. Cuando un ministerio propone metas medibles -mejorar lectura, escritura, matemáticas, retención, convivencia- está obligándose a mirar no solo qué se enseña, sino en qué tipo de institución se enseña. Porque el aprendizaje no ocurre en el vacío: ocurre dentro de una comunidad con reglas (explícitas o implícitas). Y esas reglas, cuando son saludables, funcionan como un sistema de soporte; cuando son tóxicas, funcionan como un impuesto invisible que debilita todo esfuerzo pedagógico.
Por eso es tan relevante lo que está ocurriendo con el retorno formal de Educación Moral, Cívica y Ética Ciudadana. Para el año escolar 2025-2026, el Ministerio de Educación dispuso un tiempo específico para esta formación y el Consejo Nacional de Educación aprobó su incorporación formal mediante la Ordenanza 02-2025. La buena noticia es evidente: el sistema reconoce que la escuela no solo transmite contenidos; forma ciudadanía. La pregunta decisiva es otra: ¿cómo se implementa para que no se convierta en una asignatura de discurso?
La educación moral no se consolida por repetición de conceptos, sino por coherencia institucional. En otras palabras: Moral y Cívica solo prospera cuando la escuela dispone de infraestructura blanda suficiente para que la ética sea experiencia y no consigna. Y aquí aparece un punto que a veces incomoda: la mayor parte de lo que un estudiante aprende sobre respeto, justicia, dignidad, autoridad y libertad no viene del libro, sino del currículo oculto. Se aprende observando cómo se decide, cómo se sanciona, cómo se escucha, cómo se corrige, cómo se trata al que piensa distinto y cómo se administra el poder en la vida cotidiana.
Ese currículo oculto es, precisamente, cultura escolar. Y cuando la cultura escolar es débil, se abre una contradicción: hablamos de convivencia, pero normalizamos humillación; hablamos de derechos, pero administramos arbitrariedad; hablamos de participación, pero practicamos imposición. En ese escenario, Moral y Cívica corre el riesgo de convertirse en una clase más, decorativa e impotente.
Por el contrario, cuando la cultura escolar es fuerte, el centro educativo se convierte en una institución que enseña incluso cuando no está “dando clase”. La lectura deja de ser castigo y se vuelve prestigio; la disciplina deja de ser miedo y se vuelve regla compartida; la diversidad deja de ser problema y se vuelve aprendizaje social. Y entonces Moral y Cívica encuentra su terreno natural: no como materia aislada, sino como articuladora de una experiencia escolar consistente.
En República Dominicana, este debate tiene además un componente sensible y estratégico: cultura y cultos. Manejado con rigor, el ámbito de cultos en educación no se traduce en proselitismo; se traduce en respeto a la libertad de conciencia y en capacidades institucionales para convivir en pluralidad. Una escuela democrática no puede imponer creencias; sí puede -y debe- educar en el respeto, prevenir discriminaciones por motivos identitarios y enseñar a dialogar sin violencia simbólica. Y hoy, con Moral y Cívica formalizada, esa dimensión no es un adorno: es condición de éxito para el nuevo año escolar.
El error más frecuente es tratar la cultura educativa como una agenda de eventos. Un acto puede ser emotivo, pero no necesariamente transforma. La infraestructura blanda se construye cuando la cultura se vuelve mecanismo recurrente: prácticas estables que producen hábitos y evidencias. No se trata de hacer más actividades; se trata de diseñar una escuela con inteligencia cultural: espacios regulares de deliberación estudiantil con reglas de conversación, mediación de conflictos con protocolos claros, lectura con mediación (no solo entrega de libros), producción de pensamiento evaluada con criterios, y reconocimiento público de conductas cívicas para convertirlas en norma aspiracional.
Esto exige un tipo de gestión que el sistema educativo a veces subestima: la gestión cultural educativa como política transversal. No se trata de multiplicar actos ni de concentrar la responsabilidad en una unidad administrativa, sino de instalar un plan cultural integrado al currículo, a la convivencia y a la gestión escolar. Un plan de esta naturaleza fortalece la infraestructura blanda del sistema al articular identidad y ciudadanía, traducir valores en metodologías y rutinas formativas, convertir la participación comunitaria en capital educativo sostenible y garantizar un marco de convivencia plural compatible con un Estado democrático. En síntesis: asegurar que cada centro educativo funcione como comunidad formativa —con propósito, pertenencia y reglas vividas— y no únicamente como registro de matrícula.
Si el país invierte en aulas, pero no invierte en cultura escolar, obtiene algo parecido a un hospital con paredes nuevas y prácticas clínicas deficientes. El edificio luce; el servicio falla. En educación, la cultura escolar es el protocolo invisible que determina si el sistema produce aprendizaje o solamente promoción administrativa.
El retorno de Moral, Cívica y Ética Ciudadana abre una oportunidad para tratar esta discusión con la seriedad que merece. No basta con ubicar una asignatura en la malla; hay que institucionalizar condiciones para que la ética sea práctica diaria. Y esa institucionalización -dura, sostenida, evaluable- se llama cultura escolar.
En educación, el cemento es indispensable. Pero sin infraestructura blanda, el cemento no educa. Y si aspiramos a una escuela que forme ciudadanos críticos, respetuosos y comprometidos, entonces la cultura -ese activo invisible- debe ocupar el lugar estratégico que le corresponde: el de columna vertebral silenciosa del sistema.
________________________________________________________________________
El autor del artículo es líder juvenil, escritor, profesor de escritura creativa, emprendedor y gestor cultural. Especialista en Docencia Universitaria. Ha participado en intercambios académicos en Estados Unidos, España e Inglaterra. Ganador del Premio Nacional de la Juventud 2013.





